sábado, 25 de abril de 2015

Prólogo de un libro en blanco

García Pelayo siempre ha sido mejor lector que escritor. Florescano (2012), al revisar el trabajo del autor antes de “Espejos en blanco”, afirma que los cuentos de García Pelayo lograban trasladar su perspectiva al papel, lo cual era su mayor defecto, porque hablaban sobre lo que él podía ver, lo que estaba más cercano a su vista, y no existía un hilo conductor, ni el intento por entretejer una historia. Quien lo leía no podía encontrar aquello que Rómulo había ideado, porque la experiencia del autor se enajenaba de las palabras, y aun más de los lectores. Rómulo se defendía sabiamente. Argumentaba que un buen libro no debía escribirse pensando en la existencia de otro lector que no fuera él mismo. La hazaña de que un segundo individuo lograra descifrar la esencia de una novela, un cuento, o un poema, le parecía inadmisible[1]. Un segundo lector podría encontrar en un texto no aquello que el autor pretende decir, sino lo que existe en el individuo con anterioridad a las palabras. El sujeto maneja una simbología en particular, y no puede hallar nada más que lo prevaleciente de antemano en su psicología. Desentraña el enigma usando sus propios Urím y Tumím. El resultado es la interpretación de lo que efectivamente vive en él, pero que solo se conoce cuando el sujeto lo intuye puramente. Es su propia representación lo que el lector percibe, el decantar de sus impulsos más enérgicos. Así, cierto argentino podría encontrar en “Casa tomada” una declaración de guerra en contra del peronismo, oculta bajo el manto Cortaziano de la fantasía. O bien, alguien podría afirmar acertadamente, que en la imagen del tiempo circular y fragmentado de Neruda se encuentra la firme marca de Schopenhauer, (Lozada 1971) cuando el poeta escribe:

La espesa rueda de la tierra
su llanta húmeda de olvido
hace rodar, cortando el tiempo
en mitades inaccesibles
 
El lector ve lo que quiere ver, y no siempre acierta con aquello que el autor quiere decir. De esta manera, una gran obra es un espejo que refleja aquello existente en el individuo, pero que hasta entonces le era vedado. La diafanidad repite el rostro de cada uno de los sujetos, que nunca son iguales. Rómulo García Pelayo aspiraba a encontrar esas representaciones, las cuales, sin alterar la esencia de sus propias percepciones, encuentran en cada individuo un lugar de su inconsciente. Un libro que es todos los libros y a la vez ninguno. Había aceptado la empresa de erigir aquella obra. Se imaginó un poema de proporciones infinitas, tanto como uno de solo dos o tres palabras. Pero en el momento de distinguir entre uno u otro, o entre la metáfora y la literalidad, algo sucedía que lo hacia sentirse infiel ante sus propias representaciones. Debía procurar ignorar el hecho de que ideaba la construcción de una obra universal, y sin embargo escribirla. En algún momento, a la memoria de Rómulo regresó aquel fragmento de un poema (que atribuyó a un autor uruguayo cuyo nombre no pudo recordar) que decía:

Me tropiezo con un blanco espejo
que en mis ojos repite la aciaga imagen
de un extraño que me habla, y cuyo origen
descubro cada día en el reflejo

Le había sugestionado la idea de superponer la imagen de un desconocido frente a la suya, siendo, sin embargo, el mero reflejo del individuo. La enajenación de su propia consciencia le permitiría al lector encontrar algo que le fuera impropio, pero al mismo tiempo, una noción inexplorada de su personalidad. Se trataba de un libro con las páginas en blanco, donde el principal protagonista seria todo aquello que surja del subconsciente del lector, imágenes siempre distintas e infinitas, porque las abstracciones tomarían la forma que el sujeto le confiera y reflejarían a cada individuo de una manera particular.
La odisea de la creación le tomó tan solo un par de días. Tuvo que soportar las miradas entrometidas de quienes lo veían imprimiendo páginas enumeradas y vacías, y reuniéndolas con la devoción que le ofrece un padre a un hijo. Al fin, un día después de nuestro primer encuentro, el editor menos escrupuloso que había encontrado aceptó aquella provocación, y Rómulo García Pelayo se convirtió en un autor publicado. Debo decir, en compromiso con la exactitud intelectual, que Rómulo tuvo que hacer mano de sus propios recursos para que la primera edición saliera a la luz. Pero la segunda se debió íntegramente a la demanda inacabable de sus lectores. De un momento a otro, la obra se había convertido en un best seller cuyos alcances se encontraban a la altura de los grandes clásicos de este u otros tiempos. La editorial no solo arrojó una segunda edición sino que además imprimió una tercera, una cuarta, una quinta, una sexta, y una semana después se les había agotado el papel.
Y es que, la formula empleada por Rómulo resulta impecable. En apariencia, una página podría ser un simple pedazo de papel, pero en su interior oculta algo más. Se trata de la experiencia que envuelve al lector. Uno toma el libro, lo abre, lo inspecciona, y no encuentra nada. Pero cuando se lee la primera pagina, y se tropieza con el titulo, y con el capitulo enumerado, y con el nombre siempre elegante de su autor, entonces, solo entonces, la obra existe, el encadenamiento de sucesos culmina con el surgimiento de las representaciones. El lector empieza a ver la historia, crea un acontecimiento, le da forma y nombre, (que nunca son los mismos) y las palabras, (que no existen) toman un significado. El bosque, el llano, el laberinto de habitaciones, los sonidos y los sentidos se revelan por un instante y luego se esconden, hasta que la página se voltea y se descubre la siguiente. Algunos han encontrado en este libro una novela policiaca, otros una recopilación de cuentos cortos y sugestivos, otros el encantamiento de un poemario erótico, otros la historia de una civilización de la que nunca se halló registro, otros un libro propicio para aumentar el autoestima tan necesitado, otros una ayuda para meditar y encontrar el nirvana, otros un instructivo de carpintería “hágalo usted mismo”, otros, y me atrevo a nombrarlo como el más atinado de ellos (y ciertamente se trató de un niño) un libro para colorear.        
Para esta treceava edición, Rómulo me ha pedido escribir un pequeño prólogo que aconseje a los lectores inexpertos la correcta lectura de “Espejos en blanco”. Para esto, he decidido enumerar unos cuantos puntos que ciertamente ayudarán al lector a encontrar “eso” que tantos han visto en esta obra, y cuya originalidad le ha conferido el titulo de clásico.

·                    Primero: No intente ver nada en la pagina, ciertamente no hay nada ahí.
·                    Segundo: No obligue a su imaginación a crear las formas. Ellas vendrán a usted.
·                    Tercero: Relájese antes de abrir el libro. Una mente descansada trabaja más rápido, y ofrece mejores resultados.
·                    Cuarto: No intente leer el libro en compañía o en voz alta. Se trata de un acto íntimo.
·                    Quinto: Lea siempre primero el titulo y el nombre del autor antes de adentrarse a la obra.
·                    Sexto: El hecho de que una persona haya encontrado cierto tema en el libro, no significa que usted encuentre lo mismo.
·                    Séptimo: Si todavía no encuentra cualquier tema en el libro, pruebe leyendo una vez más el titulo y el nombre del autor.
·                    Octavo: Si aun no encuentra algún tema en el libro, y ya ha leído una vez más el titulo y el nombre del autor, lea el Noveno punto.
·                    Noveno: El hecho de que una persona haya encontrado cualquier tema en el libro, no significa que usted también.
·                    Décimo: Si alguien le pregunta si ha podido encontrar algo más en este libro además del titulo y el nombre del autor, diga siempre que sí.

        




[1]
 “Las elocuentes glorificaciones de los autores han de ser invariablemente repudiadas (…) La consagración de una obra debe siempre admitirse en virtud de la excelencia intrínseca de su contenido. Ni el recorrido histórico que la acompaña, ni el pomposo apellido del cual emerge, son en realidad provisores significativos de su grandeza. No se debe a la firma de Virgilio, ni a la de Homero, ni a la de Borges, ni a la de Baudelaire, ni a la de Faulkner, la eternización crucial de una obra maestra; sino que, en el caso de la literatura, es al eterno espíritu sin cuerpo a quien se le ofrenda la posteridad de un fruto. Aquella alma aprisionada en un instante, metafórico canto de un suceso oscuro o llano, que salta de los signos y se incrusta en la memoria. La obra tiene un nombre, una personalidad, y dentro de ella un enigma, un Ser. El Ser, como ente autónomo, pertenece a una conjugación de espíritu y de lenguaje, una metamorfosis que abarca un suceso indescifrable, y lo descifra, lo desentraña en un momento culminante, catastrófico y sublime. Así pues, toda gran obra es un espejo en blanco, una reverberación de signos reflejados, una mirada que se repite y se repite.” García Pelayo (1997) De la naturaleza de la escritura.  Tesis Universitaria.



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