García Pelayo siempre ha
sido mejor lector que escritor. Florescano (2012), al revisar el trabajo del
autor antes de “Espejos en blanco”, afirma que los cuentos de García Pelayo
lograban trasladar su perspectiva al papel, lo cual era su mayor defecto, porque
hablaban sobre lo que él podía ver, lo que estaba más cercano a su vista, y no
existía un hilo conductor, ni el intento por entretejer una historia. Quien lo
leía no podía encontrar aquello que Rómulo había ideado, porque la experiencia
del autor se enajenaba de las palabras, y aun más de los lectores. Rómulo se
defendía sabiamente. Argumentaba que un buen libro no debía escribirse pensando
en la existencia de otro lector que no fuera él mismo. La hazaña de que un
segundo individuo lograra descifrar la esencia de una novela, un cuento, o un
poema, le parecía inadmisible[1].
Un segundo lector podría encontrar en un texto no aquello que el autor pretende
decir, sino lo que existe en el individuo con anterioridad a las palabras. El
sujeto maneja una simbología en particular, y no puede hallar nada más que lo
prevaleciente de antemano en su psicología. Desentraña el enigma usando sus
propios Urím y Tumím. El resultado es la interpretación de lo que efectivamente
vive en él, pero que solo se conoce cuando el sujeto lo intuye puramente. Es su
propia representación lo que el lector percibe, el decantar de sus impulsos más
enérgicos. Así, cierto argentino podría encontrar en “Casa tomada” una
declaración de guerra en contra del peronismo, oculta bajo el manto
Cortaziano de la fantasía. O bien, alguien podría afirmar acertadamente, que en
la imagen del tiempo circular y fragmentado de Neruda se encuentra la firme
marca de Schopenhauer, (Lozada 1971) cuando el poeta escribe:
La espesa rueda
de la tierra
su llanta
húmeda de olvido
hace rodar,
cortando el tiempo
en mitades
inaccesibles
El lector ve
lo que quiere ver, y no siempre acierta con aquello que el autor quiere decir. De
esta manera, una gran obra es un espejo que refleja aquello existente en el
individuo, pero que hasta entonces le era vedado. La diafanidad repite el
rostro de cada uno de los sujetos, que nunca son iguales. Rómulo García Pelayo
aspiraba a encontrar esas representaciones, las cuales, sin alterar la esencia
de sus propias percepciones, encuentran en cada individuo un lugar de su
inconsciente. Un libro que es todos los libros y a la vez ninguno. Había
aceptado la empresa de erigir aquella obra. Se imaginó un poema de proporciones
infinitas, tanto como uno de solo dos o tres palabras. Pero en el momento de
distinguir entre uno u otro, o entre la metáfora y la literalidad, algo sucedía
que lo hacia sentirse infiel ante sus propias representaciones. Debía procurar
ignorar el hecho de que ideaba la construcción de una obra universal, y sin
embargo escribirla. En algún momento, a la memoria de Rómulo regresó aquel
fragmento de un poema (que atribuyó a un autor uruguayo cuyo nombre no pudo
recordar) que decía:
Me tropiezo con un blanco
espejo
que en mis ojos repite
la aciaga imagen
de un extraño que me
habla, y cuyo origen
descubro cada día en
el reflejo
Le había sugestionado la idea de superponer la imagen de un
desconocido frente a la suya, siendo, sin embargo, el mero reflejo del
individuo. La enajenación de su propia consciencia le permitiría al lector
encontrar algo que le fuera impropio, pero al mismo tiempo, una noción
inexplorada de su personalidad. Se trataba de un libro con las páginas en blanco,
donde el principal protagonista seria todo aquello que surja del subconsciente
del lector, imágenes siempre distintas e infinitas, porque las abstracciones tomarían
la forma que el sujeto le confiera y reflejarían a cada individuo de una manera
particular.
La odisea de la creación le tomó tan solo un par de días.
Tuvo que soportar las miradas entrometidas de quienes lo veían imprimiendo
páginas enumeradas y vacías, y reuniéndolas con la devoción que le ofrece un
padre a un hijo. Al fin, un día después de nuestro primer encuentro, el editor
menos escrupuloso que había encontrado aceptó aquella provocación, y Rómulo
García Pelayo se convirtió en un autor publicado. Debo decir, en compromiso con
la exactitud intelectual, que Rómulo tuvo que hacer mano de sus propios
recursos para que la primera edición saliera a la luz. Pero la segunda se debió
íntegramente a la demanda inacabable de sus lectores. De un momento a otro, la
obra se había convertido en un best
seller cuyos alcances se encontraban a la altura de los grandes clásicos de
este u otros tiempos. La editorial no solo arrojó una segunda edición sino que
además imprimió una tercera, una cuarta, una quinta, una sexta, y una semana
después se les había agotado el papel.
Y es que, la formula empleada por Rómulo resulta impecable.
En apariencia, una página podría ser un simple pedazo de papel, pero en su
interior oculta algo más. Se trata de la experiencia que envuelve al lector.
Uno toma el libro, lo abre, lo inspecciona, y no encuentra nada. Pero cuando se
lee la primera pagina, y se tropieza con el titulo, y con el capitulo
enumerado, y con el nombre siempre elegante de su autor, entonces, solo
entonces, la obra existe, el encadenamiento de sucesos culmina con el
surgimiento de las representaciones. El lector empieza a ver la historia, crea
un acontecimiento, le da forma y nombre, (que nunca son los mismos) y las
palabras, (que no existen) toman un significado. El bosque, el llano, el
laberinto de habitaciones, los sonidos y los sentidos se revelan por un instante
y luego se esconden, hasta que la página se voltea y se descubre la siguiente.
Algunos han encontrado en este libro una novela policiaca, otros una
recopilación de cuentos cortos y sugestivos, otros el encantamiento de un
poemario erótico, otros la historia de una civilización de la que nunca se
halló registro, otros un libro propicio para aumentar el autoestima tan
necesitado, otros una ayuda para meditar y encontrar el nirvana, otros un
instructivo de carpintería “hágalo usted mismo”, otros, y me atrevo a nombrarlo
como el más atinado de ellos (y ciertamente se trató de un niño) un libro para
colorear.
Para esta treceava edición, Rómulo me ha pedido escribir un
pequeño prólogo que aconseje a los lectores inexpertos la correcta lectura de “Espejos
en blanco”. Para esto, he decidido enumerar unos cuantos puntos que ciertamente
ayudarán al lector a encontrar “eso” que tantos han visto en esta obra, y cuya
originalidad le ha conferido el titulo de clásico.
·
Primero:
No intente ver nada en la pagina, ciertamente no hay nada ahí.
·
Segundo:
No obligue a su imaginación a crear las formas. Ellas vendrán a usted.
·
Tercero:
Relájese antes de abrir el libro. Una mente descansada trabaja más rápido, y
ofrece mejores resultados.
·
Cuarto:
No intente leer el libro en compañía o en voz alta. Se trata de un acto íntimo.
·
Quinto:
Lea siempre primero el titulo y el nombre del autor antes de adentrarse a la
obra.
·
Sexto:
El hecho de que una persona haya encontrado cierto tema en el libro, no
significa que usted encuentre lo mismo.
·
Séptimo:
Si todavía no encuentra cualquier tema en el libro, pruebe leyendo una vez más
el titulo y el nombre del autor.
·
Octavo:
Si aun no encuentra algún tema en el libro, y ya ha leído una vez más el titulo
y el nombre del autor, lea el Noveno punto.
·
Noveno:
El hecho de que una persona haya encontrado cualquier tema en el libro, no
significa que usted también.
· Décimo:
Si alguien le pregunta si ha podido encontrar algo más en este libro además del
titulo y el nombre del autor, diga siempre que sí.
“Las elocuentes glorificaciones de los autores
han de ser invariablemente repudiadas (…) La consagración de una obra debe
siempre admitirse en virtud de la excelencia intrínseca de su contenido. Ni el
recorrido histórico que la acompaña, ni el pomposo apellido del cual emerge,
son en realidad provisores significativos de su grandeza. No se debe a la firma
de Virgilio, ni a la de Homero, ni a la de Borges, ni a la de Baudelaire, ni a
la de Faulkner, la eternización crucial de una obra maestra; sino que, en el
caso de la literatura, es al eterno espíritu sin cuerpo a quien se le ofrenda
la posteridad de un fruto. Aquella alma aprisionada en un instante, metafórico
canto de un suceso oscuro o llano, que salta de los signos y se incrusta en la
memoria. La obra tiene un nombre, una personalidad, y dentro de ella un enigma,
un Ser. El Ser, como ente autónomo, pertenece a una conjugación de espíritu y
de lenguaje, una metamorfosis que abarca un suceso indescifrable, y lo
descifra, lo desentraña en un momento culminante, catastrófico y sublime. Así
pues, toda gran obra es un espejo en blanco, una reverberación de signos
reflejados, una mirada que se repite y se repite.” García Pelayo (1997) De la naturaleza de la escritura. Tesis Universitaria.

No hay comentarios:
Publicar un comentario