Spoiler Altert. En abril de 1951, desde Cannes, Octavio Paz escribía en defensa de Luis Buñuel y “Los Olvidados” ante las reacciones violentas del público mexicano ocasionadas por la crudeza con que se expresa la situación social en México a lo largo del filme. La realidad, escribió Paz, es insoportable, y por eso, porque no la soporta, el hombre mata y muere, ama y crea.
Existe un sentimiento de soledad que no abandona el filme. Acaso, aquella soledad a la que se refiere Paz cuando nos dice que todos los hombres, nacimos desheredados y que nuestra condición verdadera es la orfandad, pero esto es particularmente cierto para los indios y pobres de México. “Los olvidados” está poblado por huérfanos. Ojitos es abandonado para no ser una boca más que alimentar, Julián no tiene más remedio que ser su propia figura paterna. Del Jaibo no se sabe más que está solo, y Pedro, es el hijo no deseado de una madre que no lo reconoce. La situación de orfandad de Pedro está enmarcada por el rechazo de su madre, y es además, un hijo de la chingada, en tanto que su madre se deja seducir por el Jaibo. Es entonces cuando Pedro se convierte en el arquetipo del mexicano. Su condición de bueno y victima conlleva a la lógica fatalidad consumada por la mano del Jaibo, ¿Acaso no es el mexicano cuyo aparente potencial se ve siempre frustrado por las condiciones sociales en las que vive? Pero también estas provienen de sí mismo. Pedro y el Jaibo complementan la personalidad del mexicano. Una dualidad compuesta por el que quiere salir adelante, y el que lo invita constantemente a transgredir. Este último determina su destino, tanto en el mexicano como en Pedro.
Las primeras impresiones sobre “Los olvidados” no fueron alentadoras, no solo por la desagradable impresión que causó en los espectadores mexicanos, sino también en la crítica especializada. ¿Estaba Buñuel traicionando los principios de André Breton, y renunciando al surrealismo por un neorrealismo no consumado? Y es que “Los olvidados” no tiene la misma carga surrealista expresada en “Un perro andaluz” (con la participación de Salvador Dalí), y “La edad de oro”, donde la anarquía y la fantasía lo invaden todo. Sin embargo, “Los olvidados” no encaja dentro de los límites del neorrealismo italiano, en la medida que impone “Roma: Ciudad Abierta” o “Ladrón de bicicletas”, donde los personajes son netamente malos, o profundamente buenos.
En el filme de Buñuel, el desarrollo psicológico de los personajes se define por la necesidad de sobrevivir. Son tanto victimas como victimarios. Ojitos, es abandonado por su padre, pero está dispuesto a pegarle al ciego con una piedra para librarse de su dominio. Meche, presenta un carácter bueno, pero esconde debajo su falda una navaja con la que procura defenderse. El jaibo es el resultado de la marginación sistemática, y pedro, pese a sus aspiraciones de reformación, participa en los asaltos y abusos de la pandilla. Mención aparte merece Don Carmelo, el ciego, que rompe con el estereotipo lógico que impone la sociedad: que si es viejo, pobre y ciego, no le queda más que ser bueno. Pero él es mezquino, avaro, lujurioso y estafador. Intenta abusar de meche, y su egoísmo le hace desconfiar hasta de su propia sombra (si pudiera verla). Dice curar a la madre de Meche con falso ritual, pero se cobra el favor con una reserva de leche, y remata con ironía: “Pá la salud no hay como la leche de burra.”
El surrealismo no abandona a Buñuel ni si quiera en “las Hurdes, tierra sin pan” (un documental sobre un pueblo español) y no lo haría tampoco en “Los olvidados”. En ambos filmes persisten algunas de sus obsesiones oníricas: El cordero, o la cabra, o su carne expuesta, y las deformaciones. Buñuel también introduce un símbolo usado recurrentemente por Dalí, el huevo, quizás por ser un símbolo tanto de lo racional (la cubierta) como lo irracional (el interior). Otras fijaciones que aparecen son: El fetichismo por los pies de las mujeres, las relaciones entre personajes de edades opuestas, los gallos o gallinas comúnmente destrozados, y los personajes femeninos que sirven para interpretar su fantasías: Marta, la madre de Pedro que se deja seducir por alguien de menor edad, y Meche, la joven que explora con inocencia su sexualidad tal como lo haría Viridiana, o Severine, en Bella de día, entre otras.
En “Los olvidados”, todos son víctimas de la fatalidad o viven bajo esa promesa. Incluso si Pedro intenta huir de ese destino, es arrastrado de vuelta a ese mundo donde todos son cómplices de su soledad, que es justamente el final del protagonista: arrojado a un basurero en medio de la noche, lo que nos señala, con macabra ironía, que ni muerto pudo escapar de su soledad, ni de toda esa porquería


No hay comentarios:
Publicar un comentario